«Partir es como morir un poco», publicó Andrés Ruiz Delgado, hace casi un año, exactamente el 30 de enero de 2014. Hoy parece oportuno repetir esta cita de Milton que escogió para arrancar uno de sus más inspirados artículos en estas páginas de LA PROVINCIA, y rememorar su infancia y adolescencia en Gáldar, su ciudad natal, bajo el título: ¡Qué tiempos aquellos!
«Partir es como morir un poco», publicó Andrés Ruiz Delgado, hace casi un año, exactamente el 30 de enero de 2014. Hoy parece oportuno repetir esta cita de Milton que escogió para arrancar uno de sus más inspirados artículos en estas páginas de LA PROVINCIA, y rememorar su infancia y adolescencia en Gáldar, su ciudad natal, bajo el título: ¡Qué tiempos aquellos!
La apuesta rotunda de García Panasco por Brindisi abortó una posible negociación con Maradona, casi desconocido entonces en Europa.

Pudo ser entrenador de la UD Las Palmas. Pero Alfredo Di Stéfano, uno de los futbolistas más geniales en la historia del balompié (con Pelé, Cruyff, Beckenbauer y Maradona), declinó la oferta del club amarillo, pese a su admiración declarada por el fútbol canario, su cantera y sus figuras. Jesús García Panasco, inolvidable secretario técnico de la UD en las décadas de los 60 y los 70, se vio oblligado a optar por otra alternativa, a la postre exitosa, ante la negativa de Di Stéfano. El acuerdo con la estrella argentina fracasó no por razones deportivas o económicas. Fracasó porque el conocido como la Saeta Rubia le confesaría su pánico a utilizar regularmente los aviones. La UD volaba cada dos semanas a la Península para cumplir con sus compromisos, y luego regresar. Era demasiada pesadilla para el técnico argentino. En cambio, los equipos peninsulares preferían entonces el ferrocarril o el autocar. Recurrían al ineludible avión cuando eran desplazamientos muy largos o había que cruzar el océano.

La abdicación del rey Juan Carlos, conocida y explicada el lunes día 2 de junio (ayer) ha sido lo equivalente a un bombazo nuclear para la mayor parte de la opinión pública. No así para el presidente del Gobierno Mariano Rajoy, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, y el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, entre otros, que la sabían desde hace semanas, aunque cuentan que el monarca ya la había madurado en el mes de enero, coincidiendo con la fecha de su 76 aniversario.

Adolfo Suárez quizás pase a la historia como el presidente que reconcilió a las dos Españas que se enfrentaron en la sangrienta guerra civil de finales de los años 30. Consiguió tan ambicioso, noble y complicado objetivo en menos de cuatro años al frente de gobiernos democráticos. Nunca se arredró ante las dificultades de toda índole: deslealtades de los suyos, ruidos de sables y golpismo militar, una oposición casi siempre despiadada, una escalada terrorista de ETA y los Grapos y una extrema derecha inspiradora de los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha. El vacío que pronto le hizo el poder financiero y la insaciable voracidad reivindicativa de los nacionalismos históricos no fueron problemas menores. Contra todo eso tuvo que luchar este presidente que hoy todos le recuerdan con motivo de su muerte.