La apuesta rotunda de García Panasco por Brindisi abortó una posible negociación con Maradona, casi desconocido entonces en Europa.
La apuesta rotunda de García Panasco por Brindisi abortó una posible negociación con Maradona, casi desconocido entonces en Europa.

Pudo ser entrenador de la UD Las Palmas. Pero Alfredo Di Stéfano, uno de los futbolistas más geniales en la historia del balompié (con Pelé, Cruyff, Beckenbauer y Maradona), declinó la oferta del club amarillo, pese a su admiración declarada por el fútbol canario, su cantera y sus figuras. Jesús García Panasco, inolvidable secretario técnico de la UD en las décadas de los 60 y los 70, se vio oblligado a optar por otra alternativa, a la postre exitosa, ante la negativa de Di Stéfano. El acuerdo con la estrella argentina fracasó no por razones deportivas o económicas. Fracasó porque el conocido como la Saeta Rubia le confesaría su pánico a utilizar regularmente los aviones. La UD volaba cada dos semanas a la Península para cumplir con sus compromisos, y luego regresar. Era demasiada pesadilla para el técnico argentino. En cambio, los equipos peninsulares preferían entonces el ferrocarril o el autocar. Recurrían al ineludible avión cuando eran desplazamientos muy largos o había que cruzar el océano.


Adolfo Suárez quizás pase a la historia como el presidente que reconcilió a las dos Españas que se enfrentaron en la sangrienta guerra civil de finales de los años 30. Consiguió tan ambicioso, noble y complicado objetivo en menos de cuatro años al frente de gobiernos democráticos. Nunca se arredró ante las dificultades de toda índole: deslealtades de los suyos, ruidos de sables y golpismo militar, una oposición casi siempre despiadada, una escalada terrorista de ETA y los Grapos y una extrema derecha inspiradora de los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha. El vacío que pronto le hizo el poder financiero y la insaciable voracidad reivindicativa de los nacionalismos históricos no fueron problemas menores. Contra todo eso tuvo que luchar este presidente que hoy todos le recuerdan con motivo de su muerte.

Poco más de dos meses después de «marcharse» su admirado Carlo Martini, cardenal y ex arzobispo de Milán, también lo ha hecho el pasado fin de semana el sacerdote canario Pepe Alonso, tras un mes en el Hospital Insular de Las Palmas, su otra «casa» en los últimos años por los avatares de su salud, muy quebrantada. La alusión al purpurado y jesuita italiano no es ociosa. Los dos tenían en común la inquietud permanente de profundizar en las reformas del Vaticano II y traducir el mensaje de su religión a los nuevos tiempos. Estas consideraciones no ignoran las distancias y matices entre ambos, la jeraquía relevante de uno, “papable” en el cónclave que eligió a Benedicto XVI, además de Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2000, impulsor el segundo de una renovada corriente cristiana en Canarias, próxima a los principios de la Teología de la Liberación para posicionar siempre a la Iglesia al lado de los excluidos.
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