Argentina jamás dejó de idolatrarle y a la vez perdonaba su errática vida privada v La autopsia ratificó su pésimo estado de salud, descartando el consumo de drogas

Amado Moreno

A la Justicia argentina, más peculiar en ocasiones que la de otros países de su entorno, le sobró tiempo para iniciar una investigación en torno a la muerte de Diego Armando Maradona ocurrida el 25 de noviembre en su domicilio de las afueras de Buenos Aires, pocos días después de haberse sometido a una delicada operación cerebral. El futbolista falleció a la edad de 60 años, tras una parada cardiaca.

La Fiscalía no dudó en colocar bajo sospecha a gran parte del entorno del jugador, empezando por su médico y otros allegados. ¿Un celo judicial desmesurado? Perdura la división de opiniones al respecto. Parece ser la Fiscalía la única en ignorar la voluntad de autodestrucción que Maradona había emprendido hace décadas, entregándose a prácticas tóxicas que más pronto que tarde le pasaron factura, tras alejarle de los terrenos de juego. Con su técnica y talento había deslumbrado con una espectacularidad eléctrica, singular, diferente a aquellos que le habían precedido en el mismo firmamento planetario del fútbol, como Pelé, su compatriota Di Stéfano o el holandés Cruyff, entre otras figuras. Su aportación fue clave para el título mundial conquistado por Argentina en 1986. Galardón que muchos de sus compatriotas interpretaron como la recuperación de un orgullo nacional perdido durante la dictadura militar y la derrota humillante en la guerra de Las Malvinas.

Bien patente había sido su acelerado proceso de destrucción vital en los últimos meses. Los testimonios coinciden en apuntar que hacía caso omiso de las recomendaciones para preservar su salud. Su médico insinuaría que Maradona requirió el alta hospitalaria de manera precipitada para volver a su domicilio, donde acabó falleciendo. El último episodio de una personalidad controvertida al margen de lo deportivo.

Los datos que han trascendido recientemente de la autopsia confirman la degradación de su salud a la que no prestó la atención adecuada. En los días previos a su muerte no había consumido drogas, pero le estaban fallando tres órganos básicos como el corazón, el hígado y los riñones. Sufría cirrosis hepática, una necrosis tubular aguda relacionada con una patología renal crónica, miocardiofibrosis, fibrosis subendocárdica y zonas atraídas de isquemia aguda, serios trastornos en pulmones, además de insuficiencia cardiaca. Su estado difícilmente podía ser más pésimo.

Materia apasionante para el psicoanálisis, en el que una parte importante de la población argentina es especialista, ofrece quizás Maradona y sus comportamientos. Era único como malabarista con el balón dentro de la cancha, por lo que arrastraba a los estadios a multitudes enfervorizadas con su juego. Pero paralelamente y con el paso del tiempo fue derivando su vida extradeportiva en un desenfreno con alcohol y drogas, cóctel ante el que la Medicina poco o nada podía oponer, salvo remedios paliativos. Es sabido que su coqueteo con los excesos empezó en Barcelona durante su etapa como azulgrana. Después, Nápoles fue su paraíso en lo deportivo. Cierto. Allí conquistó el título de la Seria A en dos ocasiones, la Copa de Italia y la Copa de la UEFA con los colores del mismo club napolitano.

Sin embargo, en la ciudad italiana descubrió también el pozo más profundo para adicciones envenenadas que lo ataron y condicionaron el resto de su vida. Nadie como su admirador y autor uruguayo Eduardo Galeano describió con precisión, afecto y agudeza este lado oscuro de Maradona en aquel momento: “Es un dios sucio de barro humano. Es el más humano de los dioses y por eso muchísima gente se reconoce en él”.

No menos elocuente sería la respuesta que devolvió el astro argentino cuando murió Galeano en 2015: “Gracias Eduardo por enseñarme a leer el fútbol y por meterles goles a los poderosos, como un 10”.

La capilla ardiente de Diego Armando Maradona en la Casa Rosada de la presidencia argentina, en Buenos Aires, y los tres días de luto nacional fueron la muestra culminante y parafernalia definitiva de un país rendido en su adiós. Jamás dejó de idolatrarle como futbolista a la vez que perdonaba su errática vida privada.

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*Publicado en La Provincia el 2 de enero de 2021.