*Capital durante siglos de Asia Menor, hoy suma más de millón y medio de turistas interesados en sus  monumentos históricos

*La ciudad fue revalorizada por Alejandro Magno, Augusto, Justiniano, Adriano, Trajano y Marco Aurelio, emperadores

*Perdura en la memoria su  templo de Artemisa,  una de las siete maravillas antiguas,  antes de la destrucción

*Juan Evangelista y Saulo de Tarso la convirtieron en plaza relevante para difundir el cristianismo

Amado Moreno

No muchas ciudades pueden alardear del interés que Éfeso (Turquía) despertó para diversos emperadores, especialmente romanos. Fundada en el siglo X a.C.  por Androclo,  hijo de Codro, rey de Atenas, fue cuna del filósofo Heráclito y del geógrafo Artemidoro. Alcanzaría la cima de su apogeo demográfico, comercial y cultural en los siglos I y II d.C. Entonces, con más de 200.000 habitantes,  el  emperador romano Augusto la reconoció capital de Asia Menor, distinción reforzada por la importancia de su puerto en el mar Egeo.

Alejandro Magno, emperador macedonio, precedió a Augusto siglos antes en dedicación de esfuerzos a la ciudad, correspondiendo a algunas de sus exigencias, al tiempo que  aumentaba los dominios de su imperio por Asia. Impulsó, por ejemplo, la reconstrucción del templo de la diosa Artemisa, devastado por un incendio. Era no sólo la meca de millares de peregrinos, también una joya arquitectónica  helenística, encumbrada entre las siete maravillas de la antigüedad.

Calle Curetes, importante vía con pavimento de mármol de la época que une la puerta de Hércules con la biblioteca de Celso en la antigua Éfeso / A.M.

Hoy apenas quedan vestigios de aquel santuario. Guerras, terremotos y saqueos pusieron fin a su existencia. No obstante, algunas de aquellas columnas del templo sagrado lograron ser rescatadas para sumarlas a la basílica de Santa Sofía en Estambul y a la exposición del Museo Británico de Londres. Y otra continúa, aunque mutilada, en su lugar primitivo como muda superviviente de un tiempo glorioso.

 Pese a los avatares naturales, seísmos, conflictos bélicos y epidemias,  además de cierta indolencia de la población, que acabaron con la ciudad, queda para la historia que Éfeso ha constituido hasta hoy un faro permanente de la cultura y arqueología greco-romana. Cultura y progreso alentados en su momento por Augusto, Justiniano, Adriano, Marco Aurelio, Trajano y Domiciano, entre otros emperadores. Todos ellos  marcaron su huella en el enclave. Unos, con  presencia personal y temporal (Alejandro Magno y Adriano, éste en dos ocasiones). Otros, con políticas que potenciaron su desarrollo económico y artístico.

Las ruinas que hoy presenta la vieja ciudad bíblica, multitud  de monumentos aún en pie, son valorados como un imponente museo al aire libre. No en vano, desde el año 2015 su complejo arqueológico fue  declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

TURISMO EN ASCENSO

Las obras de rehabilitación, varias con asesoramiento y financiación de entidades públicas y privadas  europeas (perceptibles en concreto las de Italia y Austria),  siguen propiciando paralelamente la  creciente riada turística a Éfeso.

Turquía espera alcanzar en 2025 la cifra de 65 millones de visitantes. Europeos, rusos y árabes lideran el ranking de turistas. La afluencia de holandeses y franceses cayó en picado a raíz de los desencuentros de sus gobiernos  con Erdogan, presidente turco. El número de españoles es significativo. Alrededor de 150.000 arribaron el año  pasado al país otomano.

Frente a Estambul y Capadocia, Éfeso rivaliza como destino no menos atractivo. Superará previsiblemente el millón seiscientas mil visitas este año. Muchos de los turistas no resisten la tentación de entrar en un recinto cubierto, donde se proyecta la recreación audiovisual de su historia. El público desfila por tres salas en tiempo récord, mientras es informado con agilidad e imágenes espectaculares. Entre otros detalles no menores, asisten  a la creación virtual del nacimiento de Éfeso, ligado al poderoso vínculo con la diosa Artemisa y su templo, referente arquitectónico universal.

 Grupo de turistas españoles delante de la biblioteca de Celso / A.M.

La estructura del tabernáculo  de la diosa era soportada por “127 columnas de mármol del orden jónico, y cada una medía algo más de dieciocho metros de altura. El altar fue adornado con esculturas magistrales de Praxiteles. Sucesivos imperios, el persa, el macedonio y el romano, veneraron su santidad y enriquecieron su esplendor”, escribió Edward Gibbon en su “Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano”.

Por otro lado, el profesor canario Fernando Hernández Guarch, en  sus “Notas de viajes por países del Islam”, editadas en 2013, destaca que el mismo espacio sagrado “fue más grande que el Partenón de Atenas” y que Éfeso “es quizá la ciudad greco-romana mejor conservada en la que podemos admirar el estadio, el odeón y la fachada de la biblioteca de Celso, entre otros monumentos de interés”.

GERMEN DEL CRISTIANISMO

El papa León XIV en su primera salida al exterior acaba de visitar Turquía, con escala en Ankara, Izmik y Estambul. Un gesto de la máxima autoridad de la Iglesia católica al territorio en el que germinó la semilla del cristianismo, tras la muerte de Jesús.

Siendo la capital de Asia Menor,  Éfeso acogió durante tres años la catequesis  de Saulo de Tarso (San Pablo) a las primeras comunidades de creyentes, periodo que compartió con Lucas Evangelista a partir del año 53 d.C.  Ambos arribarían poco tiempo después de hacerlo Juan Evangelista, que acompañaba a María, la madre de Jesús. Bien es cierto que no todos los historiadores están de acuerdo en este apunte segundo, respecto a la coincidencia física de la totalidad de los personajes en la misma ciudad.

En los años 431 y 499 los efesios alojaron dos concilios ecuménicos en su capital. El primero para condenar el nestorianismo, y el segundo para aprobar el monofisismo (Cristo con una sola naturaleza, divina), pronunciamiento rechazado por la Iglesia de Roma.

EXPEDICIÓN ESPAÑOLA

En Éfeso coincidió recientemente un grupo de una treintena de españoles, integrado por canarios, madrileños, andaluces, vascos y catalanes. Docentes, sanitarios, ingenieros, amas de casa, etc. Juntos posaron ante la biblioteca de Celso y en otros lugares. Construida en el siglo II de la dominación romana, la biblioteca custodió  doce mil “rollos”. Fue la tercera del mundo de la época, por detrás de la abierta en Alejandría y en Pérgamo, recordó a los turistas españoles su guía, Mustafá Ata, antiguo alumno del Liceo francés de Estambul y de la universidad de La Sorbona en París.

De nacionalidad turca y con ascendencia greco-sudanesa, Ata se reveló como profesional con perfil propio, singular, conocedor en profundidad de la historia de su país hasta el devenir actual. Destilaba información con generosidad y opiniones personales, aderezadas con chascarrillos, exentos de prejuicios. Provocaría en más de una ocasión la carcajada del auditorio al acabar una de sus peroratas turísticas.

Vuelto a la seriedad, en el repaso a los personajes de su país declararía siempre su predilección  por la figura de Attatürk, fundador y primer presidente de la República turca en 1923, para poner el acento  en la proclamación del laicismo del Estado como uno de sus grandes méritos como estadista.

INVOLUCION LAICA

En el tour que les llevó también por Hierápolis, Esmirna, Estambul, Konya y Capadocia, además de Éfeso, algunos de los españoles del mismo grupo constataron precisamente síntomas de cierta involución del laicismo que la estadística oficial no desmiente. El presupuesto para el Ministerio de Asuntos Religiosos ha experimentado un incremento notorio con partidas que mejoran las nóminas de los imanes y favorecen la multiplicación  de nuevas mezquitas en territorio turco.

Las cifras confirman que el alineamiento activo de Erdogan y su gobierno con el Islam es indeclinable y firme. Sus adversarios no descartan que por esta senda política habrá un momento en que el Ministerio de Asuntos Religiosos de Turquía iguale en gastos los presupuestos de la Educación y Sanidad públicas.

La comunidad judía de Estambul no tiene fácil la convivencia en un clima de tensión agudizado por la destrucción de Gaza. En semejante contexto resultaba elocuente  uno de los carteles  que lucía en la puerta de un local comercial del barrio judío: “El problema no es el islam, no es el cristianismo, no es el judaísmo. El problema es el sionismo”, rezaba en inglés.

Un aviso que pretendía quizás animar a la reflexión, aunque de dudosa efectividad en la clase dirigente. En contraste con posiciones diplomáticas equilibradas de otros gobernantes de la zona en este asunto, el presidente turco Erdogan fue de los más beligerantes a la hora de condenar exclusivamente a Israel, y mostrar su plena solidaridad con los palestinos de Gaza.

MALESTAR Y DETERIORO

El malestar ciudadano, avivado por el deterioro de la  economía turca (la inflación elevada al 32,9 por ciento en noviembre) se manifiesta a veces sin reticencias  y con mordacidad, pese al riesgo de ser reprimido por un poder que aspira a perpetuarse. Espoleado por la curiosidad y las dudas con una manada de aves que frecuenta los parques urbanos,  el turista interroga a un nativo de Capadocia. Aclara éste que son cuervos, aunque de color distinto al negro de los habituales en occidente. En todo caso, pertenecen ambos a los denominados córvidos. “Aves muy inteligentes” subraya el anciano turco consultado. “Por supuesto, son bastante más inteligentes que los votantes de Erdogan”, añade con una sonrisa pícara.

Sin embargo, no parece que los cuervos abunden tanto como los gatos, especie animal que goza de una permisividad y afecto general entre la población. Alguno fue observado incluso durmiendo plácidamente a la hora de la siesta en el expositor de una concurrida librería del centro de Estambul.

Anécdotas y disquisiciones al margen, la experiencia de una visita a Turquía, con máxima dedicación a su histórico legado imperial donde sobresale Éfeso, sería rentabilizada como un baño de inmenso conocimiento y reencuentro con la admirable arquitectura y las artes del mundo clásico. Induce a comprender a Tito Livio, cuando ya atribuía a la Antigüedad “el privilegio de hacer intervenir a los dioses en el nacimiento de sus pueblos, con el fin de imprimir en ellos un carácter más augusto”.

*Publicado en La Provincia

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