Un nuevo libro destaca su activo papel, tras el secuestro y libertad del futbolista en Caracas, al coincidir con el 63 aniversario del episodio

El escritor Jimeno Hernández cita los contactos del la figura grancanaria con Santiago Bernabéu y con los  gobiernos de Franco y Rómulo Betancourt

“Haga usted como yo, y no se meta en política. Encárguese del equipo, que del resto se ocupa el ministro de Asuntos Exteriores”, sugirió Franco al presidente del club madridista

AMADO MORENO

Dos canarios han ejercido como embajadores de España en Venezuela: Matías Vega Guerra (Las Palmas de Gran Canaria, 1905-1989) y Alberto de Armas (San Cristóbal de La Laguna, 1930-1993). El primero, de 1962 a 1970 por designación del gobierno de Franco, y el segundo, desde 1990 a 1993 a propuesta de Felipe González. Ambos habían cubierto previamente una carrera política y profesional nada desdeñable. Como abogado y decano del colegio profesional de Las Palmas, presidente del Cabildo de Gran Canaria y del Puerto de La Luz, procurador de las Cortes franquistas y gobernador civil de Barcelona, Matías Vega. En calidad de médico y senador socialista, Alberto de Armas.

Matías Vega Guerra recibe en su residencia de Caracas a Di Stefáno, recién liberado. Agosto, 1963./LP-DLP

Un libro, “El secuestro de Di Stéfano”, publicado este año en España por la editorial riojana Pepitas de calabaza, y con la firma de Jimeno Hernández Droulers (Austin, EE.UU. 1981), escritor y abogado, con doble nacionalidad, estadounidense y venezolana,  rescata y valora a lo largo de sus 272 páginas la prudencia y habilidad diplomática del embajador Vega Guerra en Caracas, tras la captura del futbolista hispano-argentino por un grupo guerrillero el 24 de agosto de 1963, para ponerlo en libertad el día 27 del mismo mes y año. Mañana, precisamente, se cumplen sesenta y tres años del suceso que tuvo en vilo durante más de cincuenta horas al mundo del balompié y a muchos medios  de comunicación internacionales.

Ya jubilado y de regreso en Las Palmas, al ser interrogado el ex embajador por la anécdota más significativa de su experiencia venezolana mencionó el secuestro de Alfredo Di Stéfano y los incidentes que le rodearon, como su “recuerdo más vivo”. Lo reiteró el historiador José Alcaraz Abellán en la documentada biografía del político grancanario, editada por el Parlamento regional años atrás. Durante su ejercicio en Caracas Matías Vega coincidió con los mandatos de los presidentes venezolanos  Rómulo Bethencourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera.

Según Alcaraz, la labor de nuestro paisano al frente de la embajada “tuvo lógicamente un notable impacto sobre la colonia canaria entre la que todavía se recuerda su dedicación y voluntad de solucionar problemas”. Pone de manifiesto que la población española residente en Venezuela era muy diversa y, entre la misma “se encontraban desde personas que emigraron por motivos puramente económicos hasta numerosos opositores al régimen, entre ellos bastantes canarios que emigraron clandestinamente después. Con todos ellos estableció Vega Guerra contactos y actividades”. Una de sus primeras acciones significativa consistió en extender las competencias de la embajada a las ex colonias británicas de Trinidad y Tobago, que por entonces carecían de representación diplomática española.

Pocos dudaban de que su actuación en el caso Di Stéfano  sería la que perdurase con fuerza en la memoria de la mayoría de la opinión pública, tras casi siete años en la embajada de España en Venezuela.  No en vano, el deportista secuestrado era líder de las cinco copas de Europa conquistadas por el Real Madrid, y el principal rival de Pelé, considerado mejor futbolista del mundo en aquel instante.

 Lectores de “El secuestro de Di Stéfano”  han testimoniado a Jimeno Hernández que su obra es una “novela de no ficción”, término que al autor le parece  correcto “porque la historia del secuestro de Di Stéfano, en sí misma, es –a su juicio- bastante novelesca”. El recuento de fórmulas de negociación  para conseguir la libertad del futbolista descubre en esta entrega editorial el intercambio de comunicaciones de Matías Vega Guerra con el gobierno de Franco, a través del ministro de Exteriores, Fernando María Castiella, con el gobierno venezolano de Rómulo Betancourt, y con el presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu.

RANCHO CANARIO

No tiene desperdicio la riqueza narrativa de la cálida recepción que el diplomático  de origen isleño dispensó para la ocasión  a Alfredo Di Stéfano, tras llegar éste a pie los últimos metros al consulado de España en Caracas, luego de ser liberado por los guerrilleros, cuya única exigencia había sido publicitar el secuestro en la prensa internacional con la propaganda al uso de la guerrilla revolucionaria, emparentada con la cubana de Fidel Castro, la misma que inauguró otro camino de esa lucha en 1958  con el secuestro del piloto Juan Manuel Fangio en La Habana. Extenuado, sudado y sin ducharse después de más de dos días retenido, Di Stefano evitó por tal motivo corresponder y fundirse en un abrazo con Vega Guerra cuando se encontraron por vez primera en la sede diplomática, tras el cautiverio.

El escritor Jimeno Hernández Droulers en su estudio de la capital venezolana/ALEJANDRA REITICH

El autor del texto no escatima reconocimientos para la labor de Vega Guerra en aquella complicada situación, resuelta felizmente para todas las partes. Alude a “Don Matías” como anfitrión y primera autoridad representativa que afectuosamente  recibía y celebraba con Di Stéfano la puesta en libertad, agasajándolo enseguida con un plato de rancho canario, continuidad de unas exquisiteces castellanas y vino español, que el famoso huésped le agradeció siempre.

Desde su domicilio en Caracas, Jimeno Hernández Droulers nos matiza impresiones que desliza en su libro sobre los personajes del episodio, en particular Matías Vega Guerra. “El papel del embajador en Venezuela fue relevante durante la crisis del secuestro de Di Stéfano –declara-. Al enterarse que el delantero centro del Real Madrid estaba desaparecido, se presentó a los pocos minutos al hotel Potomac (lugar del secuestro), con un plan de contingencia listo para su ejecución. Quiso trasladar de inmediato al equipo madridista a su casa, cercar el perímetro con agentes de la policía y ampararlos bajo un sitio que gozaba de inmunidad. La misión de cualquier embajador es proteger a los ciudadanos de su país de origen. Se avocó a cumplir siempre con su tarea principal, además de evitar que tan delicado asunto pasase a mayores, hablando directamente con el gobierno venezolano de Betancourt. Aunque al principio fue de los primeros en agravar el pánico de los jugadores madrileños por desear sacarlos del hotel y llevarlos a su residencia, supo manejar la situación. Esto le concede un merecido crédito en mis observaciones, que son básicamente el reflejo de los comentarios hechos posteriormente por Di Stéfano y sus compañeros”.

Jimeno, que ya tenía conocimiento de las cualidades políticas exhibidas con anterioridad  por Vega Guerra en otros cometidos, afirma que “las diplomáticas quedaron manifiestas durante este episodio en Venezuela. Gracias a sus intervenciones en el caso las cosas salieron mucho mejor de lo que cualquiera esperaba en esos momentos”. 

Confiesa que la investigación que llevó a cabo en torno a su figura se limitó al secuestro de Di Stéfano, por lo que se abstiene de juzgar la labor global del embajador durante su desempeño en Caracas en aquellos años: “Bien es verdad que ser representante diplomático de la dictadura de Franco en una Venezuela recién estrenada con la democracia, y que vio a los líderes de la extinta dictadura del general Marcos Pérez Jiménez refugiarse en Madrid, no debió ser una misión fácil a nivel de su cargo, más bien una de esas que necesitan a alguien con guante de seda”.  

VERDAD Y NO FICCIÓN

El secuestro y la liberación del capitán madridista en Caracas son dibujados  con un cuidadoso exceso de detalles de toda índole, sin ignorar su impacto internacional.  Tal esfuerzo descriptivo suscita al lector una duda sobre los límites de la ficción y la verdad de lo ocurrido. Pareciera que el autor dispara su fantasía en algunos apartados, o bien tuvo el privilegio de disponer de una cámara oculta para grabar los movimientos, y contar con un recurso que interceptó las comunicaciones de los protagonistas del suceso. Jimeno no elude responder a esa posible duda: “Desde un principio busqué hacer de este libro un reportaje. Para ello resultó fundamental brindar justa atención a cualquier requisito necesario, todo con el propósito de hacer de las escenas lo más cercano posible a la realidad de aquellas horas en las que un comando de la Fuerzas Armadas de Liberación Nacional mantuvo a Di Stéfano secuestrado”.

Abunda en que la curiosidad le llevó a consultar hemerotecas y leer toda publicación o notas de prensa de la época, reuniendo datos del caso para elaborar una crónica minuciosa sobre lo acontecido esa última semana de agosto de 1963, cuando los “merengues” disputaron un torneo de clubes conocido como “La Pequeña Copa del Mundo” en Caracas.

Portada de “El secuestro de Di Stéfano”/LP-DLP

“En base a todo eso reconstruí los hechos, buscando conservar el rigor histórico, así como no aderezar el relato al extralimitarme con la licencia literaria -remarca-. No me ofende para nada la pregunta de cuánto puede haber de ficción y cuánto de verdad en el texto. En sus páginas cuento los hechos, soy fiel a lo que ocurrió, cuidando no alterar la realidad o tergiversarla con datos falsos. Sin embargo, algún trazo de licencia literaria tiene. Por ejemplo, que Di Stéfano detestó la música de Los Impalas al oírla en la radio, mientras estaba secuestrado. Ese año una banda venezolana que aborrezco pegó el sencillo “La vi parada allí”, una versión chapuza en español de “I saw her standing there” de Los Beatles. Llegó a ser la canción más sonada y asumo que tiene que haberla escuchado por lo menos una vez. A mí, al igual que a don Alfredo, me encanta el tango. Imagino que al oír esa pieza de Los Impala le pareció horrible. Eso para mí fue un guiño. Hay uno u otro detalle similar en pocos capítulos, pero estos se pueden contar con los dedos de una mano y son insignificantes. Ninguno que altere la veracidad de los hechos”.

La captura del ídolo madridista constituye mitad del relato e hilo conductor de la segunda parte del libro, observando las vidas de la víctima, la del guerrillero que dirigió la operación y la del periodista que hizo pública la noticia en Venezuela y España: “Fue necesario llevarlo hasta ese punto al enterarme que los tres volvieron a cruzar destinos varios años después que la Fuerzas Armadas de Liberación Nacional aprehendieran y liberasen a la Saeta Rubia”, argumenta el escritor.

Los pormenores que pinta con su escritura de las distintas situaciones sorprenden y demuestran un arduo estudio investigador de Jimeno. Empezando por el mensaje de “tranquilidad”  que Franco expresa por teléfono a Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid, muy inquieto allá en la aldea alicantina y marinera de Santa Pola, donde tradicionalmente pasaba el mes de agosto y le sorprendió la noticia del suceso.

“Generalísimo, Di Stéfano ha sido secuestrado por la guerrilla comunista de Venezuela”, planteó el dirigente madridista al jefe entonces del Estado español, para urgirle la necesaria colaboración que facilitara la libertad del futbolista. La réplica de Franco fue contundente: “No deje que unos rojos le nublen la gloria. Haga usted como yo, y no se meta en política. Encárguese usted del equipo, que del resto se ocupa el ministro de Asuntos Exteriores”.

A partir de entonces Bernabéu tuvo claro que sus pasos para un feliz desenlace de la situación deberían transitar a través de Fernando María Castiella, titular de la cartera de Exteriores, y en coordinación con el embajador de España en Venezuela, Matías Vega Guerra. Así lo recoge también la obra “El secuestro de Di Stéfano”.La exposición completa  de la historia, estructurada con una técnica y una prosa admirables, abarca la muerte trágica del cabecilla del comando guerrillero, Paúl del Río, alias Máximo Canales. Sucedió bastantes años más tarde. Es secuenciada con tal minuciosidad como si el autor  de esta obra fuera testigo directo del drama en la habitación que se produce.

Admite una ayuda de los personajes en su tarea por la notoriedad suficiente con sus propias biografías: de inicio Alfredo Di Stéfano, y siguiendo con Rómulo Betancourt, Francisco Franco, Santiago Bernabéu y Lázaro Candal, entre otros: “De ellos hay libros, así como cualquier tipo de fotos y videos. Eso favoreció la tarea de comprenderlos. Una vez que dispones de ese tipo de material y sumas una masa crítica, aprendes a darles descripción física y relieve con gestos, modales, diálogos y maneras de pensar. A eso le agregas contexto o trasfondo y la atmósfera adecuada. Tales son las realidades políticas de la Venezuela de Betancourt y la España de Franco, los riesgos de un crimen sin precedentes que pudo generar serios roces diplomáticos, o distintos escenarios como el hotel Potomac en San Bernardino, el Estadio Olímpico de la Universidad Central, o la casa en Las Mercedes que servía como residencia del embajador español Vega Guerra en Venezuela”.

“Investigar no es fácil. Uno debe quemarse las pestañas leyendo para pescar detalles y el dato exacto que busca. Es como abrir la caja de un puzzle de miles de piezas y soltarlos en la mesa para ir armando la imagen que aparece en la tapa de la caja. Hay que tener paciencia y mucha, pero la satisfacción es indescriptible cuando encuentras justamente la que necesitas”, confía el escritor para todos aquellos que denoten interés en seguir su lectura.

ÉPOCAS DISTINTAS

Jimeno Hernández  concreta finalmente una distinción clave entre las circunstancias distintas de los dos canarios que han sido embajadores de España en Venezuela, al margen  de que  Matías Vega Guerra tuvo que lidiar con el secuestro de Di Stéfano, y  Alberto de Armas  sería testigo de dos asonadas militares en el país sudamericano:

“No cuento con suficiente información de ambos para contestar si uno puso un acento diferente al otro en su misión como diplomáticos en Venezuela. Toca ver las dos caras de la moneda –advierte-. Vega Guerra representaba a una dictadura en un país con una democracia prácticamente recién nacida, mientras que Alberto de Armas llegó enviado por el gobierno democrático de Felipe González en tiempos de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez. Le tocó ser testigo involuntario de dos intentonas militares con el propósito de asesinar al presidente de la república, e instaurar una dictadura dirigida por uniformados con boinas rojas. Eran épocas muy distintas”.

*Publicado en La Provincia/DLP el 23.08.26