Adolfo Suárez quizás pase a la historia como el presidente que reconcilió a las dos Españas que se enfrentaron en la sangrienta guerra civil de finales de los años 30.

Consiguió tan ambicioso, noble y complicado objetivo en menos de cuatro años al frente de gobiernos democráticos.

Nunca se arredró ante las dificultades de toda índole: deslealtades de los suyos, ruidos de sables y golpismo militar, una oposición casi siempre despiadada, una escalada terrorista de ETA y los Grapos y una extrema derecha inspiradora de los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha. El vacío que pronto le hizo el poder financiero y la insaciable voracidad reivindicativa de los nacionalismos históricos no fueron problemas menores. Contra todo eso tuvo que luchar este presidente que hoy todos le recuerdan con motivo de su muerte.

Pese al endemoniado contexto, Suárez, como los mejores toreros, lidió con maestría y coraje en las “plazas” de la Moncloa y el Congreso de los Diputados para “elevar a normal en el ámbito de la política lo que era normal a nivel de la calle”, según sus propias palabras. En coherencia con este mensaje procede a la legalización del Partido Comunista, firma tres amnistías, favorece la restauración de la Generalitat de Cataluña con la vuelta del presidente Tarradellas de su exilio francés, lidera desde su presidencia la elaboración de la vigente Constitución del 78 y auspicia los Pactos de la Moncloa que comprometen a todos los agentes sociales, además de al Gobierno y a la oposición, para rescatar al país de la profunda crisis económica.

Su valor y coraje quedaron inmortalizados en el intento golpista del 23 de febrero de 1981 cuando un grupo de guardias civiles al mando del teniente coronel Tejero asaltaron el Congreso de los Diputados, mientras se votaba la investidura de su sucesor Leopoldo Calvo Sotelo. Suárez arriesga su vida, junto a su vicepresidente Gutiérrez Mellado, desafiando físicamente a los golpistas metralleta en mano. Salva en esa ocasión la dignidad de su presidencia manteniéndose erguido en su escaño, mientras la mayor parte de los parlamentarios, incluidos sus ministros, besaban la moqueta cuerpo a tierra, intimidados por los disparos.

Años después, al recordarle este incidente durante un almuerzo en el hotel Mencey de Santa Cruz de Tenerife, previo a un coloquio televisivo, Adolfo Suárez me sorprende en su respuesta. Y me impacta. Confiesa que su amargura de esa noche se acrecentó posteriormente “al comprobar que el pueblo español no se echó a la calle a defender la democracia como yo deseaba y esperaba”. La melancolía dibujada en su semblante y el tono de su confidencia en ese instante me parecieron lejos del reproche, pero no lejos de la decepción íntima. Ni antes, ni después, escuché jamás a Suárez formular en público la misma reflexión. No era su estilo. Como los sabios pedagogos prefería la máxima de “los elogios en público y los reproches en privado”. Con la perspectiva del tiempo, pienso que la inhibición o pasividad popular en la noche del 23-F t (¿el peor desengaño en su carrera política?) le ratificaría en la oportunidad de su renuncia, hecha pública súbitamente en enero de 1981.

En aquel periodo de la presidencia suya, Canarias fue otra de sus preocupaciones importantes. No cedió a las presiones de la UCD canaria para integrar en uno de sus gobiernos a un político de las Islas. Y no cedió pese a que aquella U CD fue la gran triunfadora en las citas electorales del Archipiélago mientras estuvo liderada a nivel nacional por Suárez. No obstante, la sensibilidad de este presidente con Canarias estuvo fuera de duda, protagonizando un viaje histórico por cada una de las Islas, durante una semana, acompañado por su asesor en Moncloa y diputado por Las Palmas, Lorenzo Olarte.

No es menos cierto que la visita aludida se concretó en el marco de una estrategia de Estado para ahuyentar el “espantajo” independentista, que Cubillo había logrado despertar a través de las ondas radiofónicas, desde Argel. El viaje de Suárez a Canarias, sumado a una eficaz política interna y exterior de España en la ONU y en África, debilitaron y acabaron con la aventura independentista en las Islas, que tuvo unos meses de gloria con su UPC (Unión del Pueblo Canario) gobernando la capital grancanaria, en coalición con los socialistas, cuyo apoyo fue imprescindible para relegar a la oposición a la UCD, la ganadora de las primeras elecciones locales en democracia.

En honor a la verdad habría que añadir que de la mano de Felipe González se produjo el puntillazo a la propaganda independentista de Cubillo, tras sufrir éste un cruel atentado. Boumedian, presidente de Argelia, y Bouteflika, entonces su ministro de Asuntos Exteriores, y hoy presidente del país magrebí, decidieron cerrar la emisora de Cubillo a petición del líder socialista. Una versión que más tarde hizo suya el propio independentista canario.

Hoy no se sentirán sorprendidos por los “ríos de tinta” o espacios audiovisuales que los medios dedican estos días a glosar su figura y su obra los que vivieron o fueron testigos de la transición política del franquismo a la democracia. Pero sí sorprende que muchos de los “notables” que hoy elevan a Suárez a los altares en esos lugares son, paradójicamente, los mismos que en otro tiempo le maltrataron y dieron la espalda.

Personalmente fui consciente siempre de la trascendencia histórica de este político tan cercano a todos, menos a los poderosos, atrincherados en lobbies económicos o financieros.

De ahí que no sea fácil olvidar una escala privada suya en el aeropuerto de Gando, camino de Madrid, a su regreso de un descanso en Lanzarote. Me impresionó su absoluta soledad en la fría sala de autoridades del aeropuerto, donde fue recibido sólo por este periodista, ejerciente entonces en Diario de Las Palmas, y un amigo personal, Pedro Díaz, miembro del CDS y director del hotel Reina Isabel. Suárez no tuvo más compañía durante la hora que duró su escala. Ninguna representación institucional acudió a saludarle pese a tener conocimiento de su breve estancia.

Aún no habían pasado demasiados años desde que fue recibido justamente por multitudes entusiastas en cada una de nuestras Islas. Las monjas de la comunidad Dominica deben evocar aún cómo el coche oficial con Suárez en su interior disminuyó la marcha a la altura de su centro, en la calle general Bravo, para el presidente hacerles un gesto cordial con la mano, mientras ellas le decían adiós desde la acera, junto a más ciudadanos. Suárez se dirigía entonces del ayuntamiento capitalino a la sede del Cabildo en la calle Bravo Murillo.

Los miembros de la comitiva que seguimos parte de su recorrido por Gran Canaria pudimos apreciar igualmente su dominio de las técnicas de comunicación e imagen. No en vano había sido director general de TVE, entonces sin competencia de las cadenas privadas.

Tras descender del helicóptero que le trasladó a Las Nieves de Agaete, y antes de “improvisar” un discurso a la muchedumbre que le aguardaba, susurró unas palabras al oído de Otero Novas, su ministro de la Presidencia: “Ordena a los cámaras que nada de sonido”. Pudimos escuchar su frase pese a la discreción con que lo hizo. Suárez habría deducido que la escenografía informativa para la tele estatal convenía reducirla a unas imágenes, con la voz del redactor en off, y no la suya, ni el sonido del bullicio popular levantado por su llegada a aquel punto alejado de la geografía insular.

La anécdota pone de relieve que Suárez, en plenitud de facultades, fiscalizaba hasta los pequeños detalles de la comunicación que le afectaban. Posiblemente no por una cuestión de vanidad personal, sino de conocimiento del medio para su utilización eficaz como arma política, que, combinada con otras virtudes suyas como la audacia y empatía para el diálogo en la discrepancia, harían de él un político providencial para que España no naufragara en el tránsito de la dictadura a la democracia.

(Publicado originalmente en este blog el 25 de marzo de 2014)

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